A sido un largo tiempo de espera
Fue difícil escoger de entre muchas de las fotos en que luces tu sonrisatan radiante y siempre bella, que todas eran convincentes, que ningunaera menos que la otra, todas de una forma u otra me dejan sin habla.Fue exhaustivo encontrar la imagen que representara tu viva esencia-esa inmutable felicidad, y sonrisa eternamente franca-aquella queinundase de dicha mis ojos, guardando la distancia, y tu huida. Dóndeestuvieses aquí presente, la que inundase de vida y sinceramente, no sabíacual si todas provocaban ese animo inmenso aquí, desde donde faltas, nosupe (o no pude) como dejar de mirarlas… como no tenerte aquí.Fue terrible no saber que imagen no doblegaba el vacío de la soledad,cual, eterna estaba vestida de luz…dónde lucias más cautivadora, y sin dudallegue a pensar que la solución era ponerlas a todas, sin embargo, que guardarepara mi, cuando vuelvas a faltarme?. Está imagen, que ahora te representacon preludios de tu ya sabida mágica llegada, es solo un pedacito, un pocode lo qué eres… por que eres mucho más, tanto que ya no puedo estar mirandola luna sin encontrarte, que no puedo más y mis brazos, imperecederamente tuyosya están totalmente abiertos para recibirte, con una dicha inmensa, y que mis labiosentre abiertos y solemnes ya mandan besos, de ternura alegres tras el preludio detu llegada, mis ojos que queman de las tantas lagrimas, que saborean tu regresoy el conjunto de mi alma y de mi cuerpo, cantado; “Te Extrañe, te extrañe,te extrañe” todos mis soplos de amor y mis canciones estan junto a la puerta para darte la Bienvenida…Bienvenidaamor míoBienvenidaLenka.
Fragmento 2
Domingo 4 de agosto
Esta mañana abrí un cajón del armario chico y se des-
parramaron por el suelo una cantidad imprevista de fo-
tos, recortes, cartas, recibos, apuntes. Entonces vi una pa-
pel de un color indefinido (es probable que en su origen
haya sido verde, pero ahora tenía unas manchas oscuras,
con la tinta corrida por viejas humedades para siempre
resecas). Hasta ese momento no recordaba en absoluto
su existencia, pero en cuanto lo vi reconocí la carta de
Isabel. Pocas cartas nos hemos escrito Isabel y yo. En
realidad, no hubo motivo, ya que no tuvimos largas sepa-
raciones. La carta estaba fechada en Tacuarembó, el 17
de octubre de 1935. Me sentí un poco extraño al enfren-
tarme a aquellos caracteres delgados, de largas y perfila-
das colas, es lo que era posible reconocer una persona
y también una época. Era evidente que no había sido
escrita por una estilográfica, sino con una de aquellas
plumas cucharita que, no bien se las obligaba a escribir,
sabían quejarse sordamente y hasta escupir a su adrede-
dor gotitas casi invisibles de tinta violeta. Tengo que
transcribir esa carta en esta libreta. Tengo que hacerlo,
porque ella es parte de mí mismo, de mi incanjeable
historia. Me fue dirigida en una circunstancia muy espe-
cial y, además, su relectura me ha descentrado un poco,
me ha hecho dudar de algunas cosas, incluso diría que
me ha conmovido. Dice así: “Querido mío: Hace tres se-
manas que llegué. Tradúcelo: tres semanas que duermo
sola. ¿No te parece horrible? Tú sabes que a veces me
despierto de noche y tengo absoluta necesidad de tocar-
te, de sentirte a mi lado. No sé qué tienes de reconfortan-
te, pero el saberte junto a mí hace que en el semisueño
me sienta bajo tu protección. Ahora tengo horribles pesa-
dillas, pero mis pesadillas no tienen monstruos. Sólo con-
sisten en soñar que estoy sola en la cama, sin ti. Y cuan-
do me despierto y ahuyento la pesadilla, resulta que efec-
tivamente estoy sola en la cama, sin ti. La única dife-
rencia es que en el sueño no puedo llorar y, en cambio,
cuando me despierto, lloro. ¿Por qué me pasa esto? Sé
que estás en Montevideo, sé que te cuidas, sé que piensas
en mí. ¿Verdad que piensas? Esteban y la nena están
bien, aunque sabes que tía Zulma los mima demasiado.
Apróntate a que, a nuestro regreso, la nena no nos deje
dormir por unas cuantas noches. Por Dios, ¿cuándo ven-
drán esas cuantas noches? Tengo una noticia, ¿sabes?
Estoy otra vez embarazada. Es horrible decírtelo y que no
me beses. ¿O para ti no es tan horrible? Será varón y le
pondremos Jaime. Me gustan los nombres que empiezan
con jota. No sé por qué, pero esta vez tengo un poco de
miedo. ¿Y si me muero? Contéstame pronto diciéndome
que no, que no voy a morirme. ¿Pensaste ya qué harías si
yo me muero? Tú eres animoso, sabrías defenderte; ade-
más, encontrarías en seguida otra mujer, ya estoy espan-
tosamente celosa de ella. ¿Viste qué neurasténica estoy?
Es que me hace mucho mal no tenerte aquí, o que no me
tengas allí, es lo mismo. No te rías; siempre te ríes de
todo, aun cuando no se trate de nada gracioso. No te rías
no seas malo. Escríbeme diciendo que no voy a morirme.
Ni siquiera como alma en pena podría dejar de
extrañarte. Ah, Antes que me olvide: háblale por teléfono
a Maruja para hacerle acordar que el 22 es el cum-
pleaños de Dora. Que la salude por mí y por ella. ¿La
casa está muy sucia? ¿Fue a limpiar la muchacha que me
recomendó Celia? Cuidado con mirarla demasiado, ¿eh?
Tía Zulma está Feliz de tener aquí a los nenes. Y Tío
Eduardo no te digo nada…Los dos me hacen grandes
cuentos de ti, cuando tenías diez años y venías a pasar
aquí tus vacaciones. Parece que te hiciste famoso con tus
respuestas para todo. Un muchacho Bárbaro, dice tío
Eduardo. Yo creo que sigues siendo un muchacho bárba-
ro, aun cuando llegas cansado de la oficina y tienes en
los ojos un poco de resentimiento, y me tratas con ligere-
za, a veces con rabia. Pero de noche la pasamos bien,
¿no es cierto? Hace tres días que está lloviendo. Yo me
siento junto al balcón de la sala y miro la calle. Pero por
la calle no pasa nada ni un alma. Cuando los nenes están
durmiendo, voy al escritorio de tío Eduardo y me entre-
tengo con el diccionario Hispanoamericano. Aumentan a
ojos vistas mi cultura y mi aburrimiento. ¿Será niño o
niña? Si fuera niña, puedes elegir el nombre, siempre y
cuando no sea Leonor. Pero no. Va ser Varón y se
llamarà Jaime, y tendrá una cara larga como la tuya y
será muy feo y tendrá mucho éxito con las mujeres. Mira,
me gustan los hijos, los quiero mucho, pero lo que más
me gusta es que sean hijos tuyos. Ahora llueve
Frenéticamente sobre los adoquines. Voy a hacer el solita-
rio de los cinco montones, el que me enseño Dora, ¿te
acuerdas? Si me sale, es que no me voy a morir de parto.
Te quiere, te quiere, te quiere, tu Isabel. P.D.:¡Salió el
solitario! ¡Hurra!.
A veintidós años de distancia, qué indefenso parece
este entusiasmo. Sin embargo, era legítimo, era honesto,
era cierto. Es curioso que con la relectura de esta carta
haya vuelto a encontrar el rostro de Isabel, ese rostro
que, a pesar de todos mis olvidos, estaba en mi memoria.
Y lo hallé a partir de esos, “tú”, de esos ”puedes”, de esos
”tienes”, porque Isabel nunca hablaba de “vos”, y no por
convicción sino meramente por costumbre, quizá por
manía. Leí “tú” y en seguida puede reconstruir la
boca que los decía. Y en Isabel la boca era lo más impor-
tante de su rostro. La carta es como ella era: un poco
caótica, en permanente vaivén del optimismo al pesimis-
mo y viceversa, siempre alrededor del amor en la cama,
llena de temores, movediza. Pobre Isabel. El Hijo Fue va-
rón y se llamó Jaime, Pero ella murió de un ataque de
eclampsia pocas horas después del parto. Jaime no tiene
una cara larga como la mía. No es nada feo, pero si éxito
con las mujeres es provisorio, y además inútil. Pobre Isa-
bel. Creía que, sacando el solitario, ya había convencido
al destino, y únicamente lo había provocado. Todo está
tan lejano, tan lejano. Hasta el marido de Isabel, el des-
tinatario de esa carta de 1935 que era yo mismo, hasta
ése también está ahora lejos, no sé si para bien o para
mal. “No te rías”, me dice y me repite. Y era cierto: yo me
reía en ese entonces muy seguido y a ella mi risa le caía
mal. No le gustaban las arrugas que se me formaban
junto a los ojos cuando me reía ni encontraba graciosa la
causa de mi risa, ni podía evitar sentirse molesta y agre-
siva cuando yo me reía. Cuando estábamos con otra
gente y yo me reía, ella me miraba con ojos de censura
que anticipaban el reproche posterior para cuando está-
bamos solos: “No te rías por favor, quedas horrible”
Cuando ella murió, la risa se me cayo de la boca. Anduve
casi un año agobiado por tres cosas: el dolor, el trabajo y
los hijos. Después volvió el equilibrio: Bueno, a veces me
río, claro, pero por algún motivo especial o por que cons-
concientemente quiero reírme, y esto es muy raro. En Cam-
bio, aquella risa, que era casi un tic, un gesto permanente,
ésa no volvió. A veces pienso que es una lástima que no
esté Isabel para verme tan serio; ella hubiera disfrutado
mucho con mi seriedad actual. Pero, tal vez, si Isabel
estuviera aquí, conmigo, no me habría curado de la risa.
Pobre Isabel. Ahora me doy cuenta de que hablaba muy
poco con ella. A veces no encontraba de qué hablar; en
realidad, no había entre nosotros muchos temas comu-
nes, aparte de los hijos, lo acreedores, el sexo. Pero de
este último tema no era imprescindible hablar. Ya eran
bastante elocuentes nuestras noches. ¿ Eso era amor?
No estoy seguro. Es probable que si nuestro matrimonio
no hubiera terminado a los cinco años, habríamos adivi-
nada más tarde que eso era sólo un ingrediente. Y quizá
no mucho más tarde. Pero en esos cinco años fue un
ingrediente que alcanzó para mantenernos unidos, fuer-
temente unidos. Ahora, con avellaneda, el sexo es (para
mí, al menos) un ingrediente menos importante, menos
vital; mucho más importantes, más vitales, son nuestras
conversaciones, nuestras afinidades. Pero no me encan-
dilo. Tengo bien presente que ahora tengo cuarenta y
nueve años y cuando murió Isabel tenía veintiocho. Es
Más que seguro que casi ahora apareciese Isabel, la misma
Isabel de pelo negro, de ojos buscadores, de caderas
tangibles, de piernas perfectas, es más que seguro que yo
diría: “Qué lástima” y me iría a buscarla a Avellaneda.
Fragmento de " La Tregua ", Mario Bendetti
Fragmento
Sabado 6 de Julio
Llovió al baldes, después del mediodía. Estuvimos vein-
te minutos en una esquina, esperando que llegara la cal-
ma, mirando desalentadamente a la gente que corría. Pero
nos estábamos enfriando sin remedio y yo empecé a estor-
nudar con una regularidad amenazadora. Conseguir un
taxi era una especia de imposible. Estábamos a dos cua-
dras de apartamento y decidimos ir a pie. En realidad,
corrimos también nosotros como enloquecidos y llegamos
al apartamento con tres empapados minutos. Quedé por un
rato con una gran fatiga, echado como una cosa inútil
sobre la cama. Antes tuve fuerzas, sin embargo, para bus-
car una frazada y envolverla a ella. Se había quitado el
saco, que chorreaba, y también la pollera, que quedó he-
cha una lástima. De a poco me fui calmando y a la media
hora ya había entrado en calor. Fui a la cocina, encendí el
primus, puse agua a calentar. Desde el dormitorio, elle me
llamó. Se había levantado, así, envuelta en la frazada, y
estaba junto a la ventana mirando llover. Me acerqué, yo
también miré cómo llovía, no dijimos nada por un rato. De
pronto tuve conciencia de que ese momento, de que esa
rebanada de cotidianidad, era el grado máximo de bienes-
tar, era la dicha. Nunca había sido tan plenamente feliz
como en ese momento, pero tenía la hiriente sensación de
que nunca más volvería a serlo, por lo menos en ese grado,
con esa intensidad. La cumbre es así, claro que es así.
además estoy seguro de que la cumbre es sólo un según-
do, un breve segundo, un destello instantáneo, y no hay
derecho a prórrogas. Allá abajo un perro trotaba sin prisa
y con bozal, resignado a lo irremediable. De pronto se
detuvo y obedeciendo a una rara inspiración levantó una
pata, después siguió su trote tan sereno. Realmente, pare-
cía que se había detenido a cerciorarse de que seguía llo-
viendo. Nos miramos a un tiempo y soltamos la risa. Me
figuré que el hechizo se había roto, que la famosa cumbre
había pasado… Pero ella estaba conmigo, podía sentirla,
palparla, besarla. Podía decir simplemente: “Avellaneda.”
“Avellaneda” es, además un mundo de palabras. Estoy
aprendiendo a inyectarle cientos de significados y ella tam-
bién aprende a conocerlos. Es un juego. De mañana digo:
“Avellaneda”, y significa: “Buenos días”. (Hay un "Avella-
neda” que es reproche, otro que es aviso, otro más que es
disculpa.) Pero ella me mal entiende apropósito para ha-
cerme rabiar. Cuando pronuncio el “Avellaneda” que sig-
nifica :”Hagamos el amor”, ella muy ufana contesta: “¿ Te
parece que me vaya ahora? ¡ Es tan temprano!. Oh, los
viejos tiempos en que Avellaneda era solo un apellido, el
apellido de la nueva auxiliar (sólo hace cinco meses que
anoté: “La chica no parece tener muchas ganas de traba-
jar, pero al menos entiende lo que uno le explica”), la
etiqueta para identificar a aquella personita de frente an-
cha y boca grande que me miraba con enorme respeto.
Ahí está ahora, frente a mí, envuelta en su frazada. No me
acuerdo cómo era cuando me parecía insignificante,
inhibida, nada más que simpática. Sólo me acuerdo de
cómo es ahora: una deliciosa mujercita que me atrae, que
me alegra absurdamente el corazón, que me conquista.
Parpadeé consistentemente, para que nada estorbara des-
pués. Entonces mi mirada la envolvió, mucho mejor que la
frazada; en realidad, no era independiente de mi voz, que
ya había empezado a decir: “Avellaneda”. Y esta vez me
entendió perfectamente.
Mario Benedetti (La Tregua, fragmento)
Bem Dia
Al final de cuentas el amor
no es tan complejo.
Es tan solo como es…
Tan legible desde tus ojos.
Hasta Luego Edith
Lejano destino busca tu paso
lánguidas miradas de recuerdos
y lágrimas se vestirán
para despedirse
Adiós, adiós, adiós
dirán, dirás, diremos
Y tus huellas se borraran
con los mutilantes silencios
con las sombras tras tu huida
preguntándonos por las canciones
que jamás cantamos al unisón oro
estandarte de tus letras
preguntándonos por los secretos
que se guardaron en el cajón de espera
sin saber que ya no los leerás
andarás como viento al primer indicio
sabatino y huirás con tus dos ángeles
ah encontrar el amor fugitivo
Te veremos con la lontananza vibrando
en nuestros ojos humedecidos
con los brazos aún abiertos
por no terminar tus abrazos
con los labios temblando
cantando despedidas
y contándote los pasos
Sin hacer espacio para tu ausencia
quebrando las palabras
en el fulgor de nuestra melancolía
sin pensar en el olvido
Contigo estaré, en cada memoria
de la amistad
Te quiero, te quiero, te quiero
dirán, dirás, diremos
-º-º--º-º--º-º--º-º--º-º--º-º--º-º--º-º--º-º--º-º--º-º--º-º--º-º--º-º--º-º--º-º--º-º--º-º--º-º--º-º-
Con un mal sabor en la boca, frustrado, desanimado, melancólico, muy aburrido, con la guitarra de lado, la luz, sin café , sin música, sin sueño, pensativo, no es tan tarde, sin embargo ya no quiero estar aquí, ni mucho menos haya por el momento, solo quiero dormir, pero dormir!!!!, no recostarme y revolcarme durante la mitad de la noche de extremo a extremo, a causa del insomnio, últimamente todo va mal, si!!!! Estos días han estado de la Chingada, no en realidad… de la CHINGADA!!!!!!...eso así esta mejor, con mayúsculas, es lo que más se acerca, ahora no tengo ganas de nada, hay necesito un descanso de mi interminable año sabático, Quien lo diría. Quedare frustrado toda mi corta vida, no me pude despedir de Edith , tal parece huyo a la despedida, no quiso mostrar lagrimas y se fue, sin decir adiós y sin que yo pudiese desearle un buen viaje, y una larga y lucrativa vida, pero se fue sin dejar la mas mínima huella para que la siguiésemos, en fin, mis buenos deseos aún van tras ella y le llegaran, junto al tremendo abrazo que me falto darle, espero le brille el sol mucho más que ahora, Mujer Te voy a Extrañar un chingo!!!!T__T. Aquí le dejo mi hasta luego, y sólo me queda decir, buen viaje amiga mía , nos veremos en algún otro breve y significativo instante, hasta entonces se feliz.
Ahhh se me olvidaba cuida a Yesicca , que mi hermano la echara mucho de menos, y yo pues… extrañare esas llamadas que le hacia todo el día , despertándome a toda hora, jejeje hay mi cuñadita bella, yo cuidare del Alan y veré que no te engañe con alguna otra muchacha loca. Su Amigo Fer.