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sábado, septiembre 30, 2006

Según breves historias de amor


Según la memoria del corazón, alguna
ves, desee ser ave,
tan sólo para volar donde tus brazos. Y quedarme ahí, aún
en invierno. Pero a pesar de mis esfuerzos, no pude surcar
la frontera…y vi anochecer tantas veces… tantas, que hasta
perdí la cuenta, mientras busca la manera.
Cuando creí encontrarla me aventure, y el camino era la tristeza,
cielo tan desconocido y hostigante que sin remedio me perdí en el,
entre miles de sombras, con mis diminutas alas de libélula
empolvándose con los días.
Al final, a pesar de mi esperanza, la distancia me corto las alas
y de vacío, en vacío fui cayendo, hasta perder la memoria…
pero no el corazón.

Según el alma y sus antiguos recuerdos, cierto día me quise
cómo el poeta de tus noches, para habitar en silencio
en tus sueños, y desafiar la gramática, armándote palabras
de amor, inexistentes, inexploradas, enardecidas,
breves y cariñosas, que sólo tú supieras descifrar, con tu sutil tacto
de mujer enamorada. Y que entonces las guardaras en algún recóndito
recoveco de tu corazón, para cuando el día amenazara con sus luces
tú me tuvieras muy dentro de ti, y de esa forma no te perturbara
la distancia. Pero la noche nunca me bastao, y la ausencia
le robo el sonido a mis palabras…las diversas situaciones fueron
quemando las letras que había en nuestro pasado, y las olvidaste,
no me recordabas al amanecer, y la luna nos observo más de una,
dos, tres, diez, cincuenta, cien veces, atorados en un silencio, largo,
denso, ahogado, hasta que perdí la voz y las manos, y apenas
se escuchaban disminuidos ecos de mi en tus albores, la distancia
termino quebrando toda crónica inecesaría, y entonces fui flaqueando
hasta extinguirme totalmente de tus noches, pero no de sus ojos.

Según yo, y el pasado que aún abunda como herida, por aquí, cierto día
a cualquier hora, estuve enamorado, y andaba por la vida como
un sonámbulo extasiado de tan acogedor sueño. Distraído, me tiraba
por las tardes a buscarla en el cielo, eternamente soñador,
solemnemente ilusionado, y de noche la encontraba, como la princesa
siempre afable de los cuentos que de niño me narraban, con sus miles
de letras y motivos para amarle, hasta que la distancia le cambio el camino,
y de lejos me dedique a mirarle, con la antaña nostalgia de lo imposible
en el llanto, con las alas negras que me dejo el pasado y el irremediable
adiós las manos.