Fragmento
Sabado 6 de Julio
Llovió al baldes, después del mediodía. Estuvimos vein-
te minutos en una esquina, esperando que llegara la cal-
ma, mirando desalentadamente a la gente que corría. Pero
nos estábamos enfriando sin remedio y yo empecé a estor-
nudar con una regularidad amenazadora. Conseguir un
taxi era una especia de imposible. Estábamos a dos cua-
dras de apartamento y decidimos ir a pie. En realidad,
corrimos también nosotros como enloquecidos y llegamos
al apartamento con tres empapados minutos. Quedé por un
rato con una gran fatiga, echado como una cosa inútil
sobre la cama. Antes tuve fuerzas, sin embargo, para bus-
car una frazada y envolverla a ella. Se había quitado el
saco, que chorreaba, y también la pollera, que quedó he-
cha una lástima. De a poco me fui calmando y a la media
hora ya había entrado en calor. Fui a la cocina, encendí el
primus, puse agua a calentar. Desde el dormitorio, elle me
llamó. Se había levantado, así, envuelta en la frazada, y
estaba junto a la ventana mirando llover. Me acerqué, yo
también miré cómo llovía, no dijimos nada por un rato. De
pronto tuve conciencia de que ese momento, de que esa
rebanada de cotidianidad, era el grado máximo de bienes-
tar, era la dicha. Nunca había sido tan plenamente feliz
como en ese momento, pero tenía la hiriente sensación de
que nunca más volvería a serlo, por lo menos en ese grado,
con esa intensidad. La cumbre es así, claro que es así.
además estoy seguro de que la cumbre es sólo un según-
do, un breve segundo, un destello instantáneo, y no hay
derecho a prórrogas. Allá abajo un perro trotaba sin prisa
y con bozal, resignado a lo irremediable. De pronto se
detuvo y obedeciendo a una rara inspiración levantó una
pata, después siguió su trote tan sereno. Realmente, pare-
cía que se había detenido a cerciorarse de que seguía llo-
viendo. Nos miramos a un tiempo y soltamos la risa. Me
figuré que el hechizo se había roto, que la famosa cumbre
había pasado… Pero ella estaba conmigo, podía sentirla,
palparla, besarla. Podía decir simplemente: “Avellaneda.”
“Avellaneda” es, además un mundo de palabras. Estoy
aprendiendo a inyectarle cientos de significados y ella tam-
bién aprende a conocerlos. Es un juego. De mañana digo:
“Avellaneda”, y significa: “Buenos días”. (Hay un "Avella-
neda” que es reproche, otro que es aviso, otro más que es
disculpa.) Pero ella me mal entiende apropósito para ha-
cerme rabiar. Cuando pronuncio el “Avellaneda” que sig-
nifica :”Hagamos el amor”, ella muy ufana contesta: “¿ Te
parece que me vaya ahora? ¡ Es tan temprano!. Oh, los
viejos tiempos en que Avellaneda era solo un apellido, el
apellido de la nueva auxiliar (sólo hace cinco meses que
anoté: “La chica no parece tener muchas ganas de traba-
jar, pero al menos entiende lo que uno le explica”), la
etiqueta para identificar a aquella personita de frente an-
cha y boca grande que me miraba con enorme respeto.
Ahí está ahora, frente a mí, envuelta en su frazada. No me
acuerdo cómo era cuando me parecía insignificante,
inhibida, nada más que simpática. Sólo me acuerdo de
cómo es ahora: una deliciosa mujercita que me atrae, que
me alegra absurdamente el corazón, que me conquista.
Parpadeé consistentemente, para que nada estorbara des-
pués. Entonces mi mirada la envolvió, mucho mejor que la
frazada; en realidad, no era independiente de mi voz, que
ya había empezado a decir: “Avellaneda”. Y esta vez me
entendió perfectamente.
Mario Benedetti (La Tregua, fragmento)
Llovió al baldes, después del mediodía. Estuvimos vein-
te minutos en una esquina, esperando que llegara la cal-
ma, mirando desalentadamente a la gente que corría. Pero
nos estábamos enfriando sin remedio y yo empecé a estor-
nudar con una regularidad amenazadora. Conseguir un
taxi era una especia de imposible. Estábamos a dos cua-
dras de apartamento y decidimos ir a pie. En realidad,
corrimos también nosotros como enloquecidos y llegamos
al apartamento con tres empapados minutos. Quedé por un
rato con una gran fatiga, echado como una cosa inútil
sobre la cama. Antes tuve fuerzas, sin embargo, para bus-
car una frazada y envolverla a ella. Se había quitado el
saco, que chorreaba, y también la pollera, que quedó he-
cha una lástima. De a poco me fui calmando y a la media
hora ya había entrado en calor. Fui a la cocina, encendí el
primus, puse agua a calentar. Desde el dormitorio, elle me
llamó. Se había levantado, así, envuelta en la frazada, y
estaba junto a la ventana mirando llover. Me acerqué, yo
también miré cómo llovía, no dijimos nada por un rato. De
pronto tuve conciencia de que ese momento, de que esa
rebanada de cotidianidad, era el grado máximo de bienes-
tar, era la dicha. Nunca había sido tan plenamente feliz
como en ese momento, pero tenía la hiriente sensación de
que nunca más volvería a serlo, por lo menos en ese grado,
con esa intensidad. La cumbre es así, claro que es así.
además estoy seguro de que la cumbre es sólo un según-
do, un breve segundo, un destello instantáneo, y no hay
derecho a prórrogas. Allá abajo un perro trotaba sin prisa
y con bozal, resignado a lo irremediable. De pronto se
detuvo y obedeciendo a una rara inspiración levantó una
pata, después siguió su trote tan sereno. Realmente, pare-
cía que se había detenido a cerciorarse de que seguía llo-
viendo. Nos miramos a un tiempo y soltamos la risa. Me
figuré que el hechizo se había roto, que la famosa cumbre
había pasado… Pero ella estaba conmigo, podía sentirla,
palparla, besarla. Podía decir simplemente: “Avellaneda.”
“Avellaneda” es, además un mundo de palabras. Estoy
aprendiendo a inyectarle cientos de significados y ella tam-
bién aprende a conocerlos. Es un juego. De mañana digo:
“Avellaneda”, y significa: “Buenos días”. (Hay un "Avella-
neda” que es reproche, otro que es aviso, otro más que es
disculpa.) Pero ella me mal entiende apropósito para ha-
cerme rabiar. Cuando pronuncio el “Avellaneda” que sig-
nifica :”Hagamos el amor”, ella muy ufana contesta: “¿ Te
parece que me vaya ahora? ¡ Es tan temprano!. Oh, los
viejos tiempos en que Avellaneda era solo un apellido, el
apellido de la nueva auxiliar (sólo hace cinco meses que
anoté: “La chica no parece tener muchas ganas de traba-
jar, pero al menos entiende lo que uno le explica”), la
etiqueta para identificar a aquella personita de frente an-
cha y boca grande que me miraba con enorme respeto.
Ahí está ahora, frente a mí, envuelta en su frazada. No me
acuerdo cómo era cuando me parecía insignificante,
inhibida, nada más que simpática. Sólo me acuerdo de
cómo es ahora: una deliciosa mujercita que me atrae, que
me alegra absurdamente el corazón, que me conquista.
Parpadeé consistentemente, para que nada estorbara des-
pués. Entonces mi mirada la envolvió, mucho mejor que la
frazada; en realidad, no era independiente de mi voz, que
ya había empezado a decir: “Avellaneda”. Y esta vez me
entendió perfectamente.
Mario Benedetti (La Tregua, fragmento)


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