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viernes, febrero 17, 2006

Fragmento 2

Domingo 4 de agosto

Esta mañana abrí un cajón del armario chico y se des-
parramaron por el suelo una cantidad imprevista de fo-
tos, recortes, cartas, recibos, apuntes. Entonces vi una pa-
pel de un color indefinido (es probable que en su origen
haya sido verde, pero ahora tenía unas manchas oscuras,
con la tinta corrida por viejas humedades para siempre
resecas). Hasta ese momento no recordaba en absoluto
su existencia, pero en cuanto lo vi reconocí la carta de
Isabel. Pocas cartas nos hemos escrito Isabel y yo. En
realidad, no hubo motivo, ya que no tuvimos largas sepa-
raciones. La carta estaba fechada en Tacuarembó, el 17
de octubre de 1935. Me sentí un poco extraño al enfren-
tarme a aquellos caracteres delgados, de largas y perfila-
das colas, es lo que era posible reconocer una persona
y también una época. Era evidente que no había sido
escrita por una estilográfica, sino con una de aquellas
plumas cucharita que, no bien se las obligaba a escribir,
sabían quejarse sordamente y hasta escupir a su adrede-
dor gotitas casi invisibles de tinta violeta. Tengo que
transcribir esa carta en esta libreta. Tengo que hacerlo,
porque ella es parte de mí mismo, de mi incanjeable
historia. Me fue dirigida en una circunstancia muy espe-
cial y, además, su relectura me ha descentrado un poco,
me ha hecho dudar de algunas cosas, incluso diría que
me ha conmovido. Dice así:
“Querido mío: Hace tres se-
manas que llegué. Tradúcelo: tres semanas que duermo
sola. ¿No te parece horrible? Tú sabes que a veces me
despierto de noche y tengo absoluta necesidad de tocar-
te, de sentirte a mi lado. No sé qué tienes de reconfortan-
te, pero el saberte junto a mí hace que en el semisueño
me sienta bajo tu protección. Ahora tengo horribles pesa-
dillas, pero mis pesadillas no tienen monstruos. Sólo con-
sisten en soñar que estoy sola en la cama, sin ti. Y cuan-
do me despierto y ahuyento la pesadilla, resulta que efec-
tivamente estoy sola en la cama, sin ti. La única dife-
rencia es que en el sueño no puedo llorar y, en cambio,
cuando me despierto, lloro. ¿Por qué me pasa esto? Sé
que estás en Montevideo, sé que te cuidas, sé que piensas
en mí. ¿Verdad que piensas? Esteban y la nena están
bien, aunque sabes que tía Zulma los mima demasiado.
Apróntate a que, a nuestro regreso, la nena no nos deje
dormir por unas cuantas noches. Por Dios, ¿cuándo ven-
drán esas cuantas noches? Tengo una noticia, ¿sabes?
Estoy otra vez embarazada. Es horrible decírtelo y que no
me beses. ¿O para ti no es tan horrible? Será varón y le
pondremos Jaime. Me gustan los nombres que empiezan
con jota. No sé por qué, pero esta vez tengo un poco de
miedo. ¿Y si me muero? Contéstame pronto diciéndome
que no, que no voy a morirme. ¿Pensaste ya qué harías si
yo me muero? Tú eres animoso, sabrías defenderte; ade-
más, encontrarías en seguida otra mujer, ya estoy espan-
tosamente celosa de ella. ¿Viste qué neurasténica estoy?
Es que me hace mucho mal no tenerte aquí, o que no me
tengas allí, es lo mismo. No te rías; siempre te ríes de
todo, aun cuando no se trate de nada gracioso. No te rías
no seas malo. Escríbeme diciendo que no voy a morirme.
Ni siquiera como alma en pena podría dejar de
extrañarte. Ah, Antes que me olvide: háblale por teléfono
a Maruja para hacerle acordar que el 22 es el cum-
pleaños de Dora. Que la salude por mí y por ella. ¿La
casa está muy sucia? ¿Fue a limpiar la muchacha que me
recomendó Celia? Cuidado con mirarla demasiado, ¿eh?
Tía Zulma está Feliz de tener aquí a los nenes. Y Tío
Eduardo no te digo nada…Los dos me hacen grandes
cuentos de ti, cuando tenías diez años y venías a pasar
aquí tus vacaciones. Parece que te hiciste famoso con tus
respuestas para todo. Un muchacho Bárbaro, dice tío
Eduardo. Yo creo que sigues siendo un muchacho bárba-
ro, aun cuando llegas cansado de la oficina y tienes en
los ojos un poco de resentimiento, y me tratas con ligere-
za, a veces con rabia. Pero de noche la pasamos bien,
¿no es cierto? Hace tres días que está lloviendo. Yo me
siento junto al balcón de la sala y miro la calle. Pero por
la calle no pasa nada ni un alma. Cuando los nenes están
durmiendo, voy al escritorio de tío Eduardo y me entre-
tengo con el diccionario Hispanoamericano. Aumentan a
ojos vistas mi cultura y mi aburrimiento. ¿Será niño o
niña? Si fuera niña, puedes elegir el nombre, siempre y
cuando no sea Leonor. Pero no. Va ser Varón y se
llamarà Jaime, y tendrá una cara larga como la tuya y
será muy feo y tendrá mucho éxito con las mujeres. Mira,
me gustan los hijos, los quiero mucho, pero lo que más
me gusta es que sean hijos tuyos. Ahora llueve
Frenéticamente sobre los adoquines. Voy a hacer el solita-
rio de los cinco montones, el que me enseño Dora, ¿te
acuerdas? Si me sale, es que no me voy a morir de parto.
Te quiere, te quiere, te quiere, tu Isabel. P.D.:¡Salió el
solitario! ¡Hurra!.
A veintidós años de distancia, qué indefenso parece
este entusiasmo. Sin embargo, era legítimo, era honesto,
era cierto. Es curioso que con la relectura de esta carta
haya vuelto a encontrar el rostro de Isabel, ese rostro
que, a pesar de todos mis olvidos, estaba en mi memoria.
Y lo hallé a partir de esos, “tú”, de esos ”puedes”, de esos
”tienes”, porque Isabel nunca hablaba de “vos”, y no por
convicción sino meramente por costumbre, quizá por
manía. Leí “tú” y en seguida puede reconstruir la
boca que los decía. Y en Isabel la boca era lo más impor-
tante de su rostro. La carta es como ella era: un poco
caótica, en permanente vaivén del optimismo al pesimis-
mo y viceversa, siempre alrededor del amor en la cama,
llena de temores, movediza. Pobre Isabel. El Hijo Fue va-
rón y se llamó Jaime, Pero ella murió de un ataque de
eclampsia pocas horas después del parto. Jaime no tiene
una cara larga como la mía. No es nada feo, pero si éxito
con las mujeres es provisorio, y además inútil. Pobre Isa-
bel. Creía que, sacando el solitario, ya había convencido
al destino, y únicamente lo había provocado. Todo está
tan lejano, tan lejano. Hasta el marido de Isabel, el des-
tinatario de esa carta de 1935 que era yo mismo, hasta
ése también está ahora lejos, no sé si para bien o para
mal. “No te rías”, me dice y me repite. Y era cierto: yo me
reía en ese entonces muy seguido y a ella mi risa le caía
mal. No le gustaban las arrugas que se me formaban
junto a los ojos cuando me reía ni encontraba graciosa la
causa de mi risa, ni podía evitar sentirse molesta y agre-
siva cuando yo me reía. Cuando estábamos con otra
gente y yo me reía, ella me miraba con ojos de censura
que anticipaban el reproche posterior para cuando está-
bamos solos: “No te rías por favor, quedas horrible”
Cuando ella murió, la risa se me cayo de la boca. Anduve
casi un año agobiado por tres cosas: el dolor, el trabajo y
los hijos. Después volvió el equilibrio: Bueno, a veces me
río, claro, pero por algún motivo especial o por que cons-
concientemente quiero reírme, y esto es muy raro. En Cam-
bio, aquella risa, que era casi un tic, un gesto permanente,
ésa no volvió. A veces pienso que es una lástima que no
esté Isabel para verme tan serio; ella hubiera disfrutado
mucho con mi seriedad actual. Pero, tal vez, si Isabel
estuviera aquí, conmigo, no me habría curado de la risa.
Pobre Isabel. Ahora me doy cuenta de que hablaba muy
poco con ella. A veces no encontraba de qué hablar; en
realidad, no había entre nosotros muchos temas comu-
nes, aparte de los hijos, lo acreedores, el sexo. Pero de
este último tema no era imprescindible hablar. Ya eran
bastante elocuentes nuestras noches. ¿ Eso era amor?
No estoy seguro. Es probable que si nuestro matrimonio
no hubiera terminado a los cinco años, habríamos adivi-
nada más tarde que eso era sólo un ingrediente. Y quizá
no mucho más tarde. Pero en esos cinco años fue un
ingrediente que alcanzó para mantenernos unidos, fuer-
temente unidos. Ahora, con avellaneda, el sexo es (para
mí, al menos) un ingrediente menos importante, menos
vital; mucho más importantes, más vitales, son nuestras
conversaciones, nuestras afinidades. Pero no me encan-
dilo. Tengo bien presente que ahora tengo cuarenta y
nueve años y cuando murió Isabel tenía veintiocho. Es
Más que seguro que casi ahora apareciese Isabel, la misma
Isabel de pelo negro, de ojos buscadores, de caderas
tangibles, de piernas perfectas, es más que seguro que yo
diría: “Qué lástima” y me iría a buscarla a Avellaneda.
Fragmento de " La Tregua ", Mario Bendetti